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domingo, 30 de agosto de 2015

Raúl González Tuñón



Raúl González Tuñón

Tal vez pensar que el alma de la poesía es anacrónico no sea un imposible, anacrónico como actual, anacrónico como común de todos los tiempos, con esa universalidad que contienen los tipos de poetas que trascienden el verso y se hacen cuerpo, carne, por ser almas sencillas y humildes, por andar pateando las calles y testimoniar de frente una postura frente al mundo, con ojos de poeta y humildad de taberna, es sabido que los poetas que trascienden, casi siempre post mortem, los poetas que hoy vanagloriamos como dioses y genios, han tenido no sólo una vida harta difícil, sino que también una ética, si se le puede llamar así, donde no caben los lujos materiales, por el contrario, la humedad de los bares, los arrabales de las afueras, los barrios de la ribera, los cabarets son los lugares de pertenencia, que sin corresponder a gestos burgueses se han afianzado los escritos más importantes de nuestra literatura.

Ser Poeta
No se puede explicar que es ser poeta, algunos les llaman así a los que escriben versos, otros se denominan poetas por ser bohemios, igual nadie puede explicarlo, no hay una definición de lo que se quiere decir con ser poeta, tal vez porque nos olvidamos que detrás del poeta siempre hay un ser que sufre, goza, lamenta y sublima como cualquier mortal o peor, con más intensidad, por esa fuerza interior que tiene la mirada del mundo, la cosmovisión. Raúl González Tuñón fue un poeta que por el contrario, al ser desdichado y triste que marca a los poetas con su estrella negra, pudo combinar y revertir en sus versos un estilo conforme a una realidad de minorías, manteniendo un registro lírico urbano, contemporáneo y solidario; preocupado por el contexto, comprometido con la palabra y la cultura, comprometido socialmente participó de la revista Martín Fierro, y del grupo Boedo, viajó a Madrid y París, escribió decenas de libros, siempre con su propia con su impronta.
Su poética rompe con la estructura lírica de la época cuando en 1930 con su libro “La calle del agujero en la media” empieza escribir versos sueltos y libres, con la particularidad de su propio estilo sencillo, con imágenes concretas y olores de neblina, con su olfato porteño describe la venidera Buenos Aires con la mirada desde París, una instantánea de lo que sería pronto la nueva corriente poética.

“EL BARRIO…
Vi la luz en el barrio del Once, en el surero.
Cerca de allí nació también Julio de Caro
y escribió de la Pía sus memorables versos
 Entonces aún la luna bajaba hasta los patios.
¿Era todo mejor? No lo sé. Era distinto.
Había carnaval, Nochebuena, organitos,
Herrerías, corralones y mágicos baldíos.
Y en mi barrio nacieron la poesía y el tango…”
Podemos afirmar que es un poeta bisagra, entre un mundo que se iba modernizando rápidamente, Raúl lo pudo ver y lo plasmo en sus versos, pudo percibir los cambios y mezcló en poética el arrabal con los recuerdos, la problemática social que deviene de dichos cambios, que hoy observamos con una suerte de estatua turística y su nostalgia porteña de los 30, planteando una temática donde corresponde la clase obrera, los suburbios y la nostalgia de los malvones con su domingo al mediodía.

El creador de “La rosa blindada” trasciende todas las periferias de las temáticas, comprometido con la política, en una Buenos Aires de crisis entre guerras y una visión esperanzadora de la vida, Tuñón compone uno de los poetas más relevantes de nuestra historia literaria, un poeta vagabundo, un juglar de tranvías, un cantor de cantinas y un apasionado de la palabra calle, con sus versos desplegó una manera que hoy deberíamos aunque sea valorar, si bien sus primeros versos son rígidos, correspondiente con la etapa de madurez que vivía la poesía, velozmente rompe con esa estructura y convierte su obra en una hermosa senda de versos fluidos y llevaderos, donde caminar entre ellos es una suerte para quienes lo encuentran, Tuñón siempre dispuesto a reflexionar y embellecer la poética, prolífico y audaz, mordaz en su aventura y arriesgado en su lucha, se adueña de nuestra memoria y de nuestros corazones para así arreglarnos un poco en todo este lío.

Raúl González Tuñón (1905-1974)
amigo del vino y de las gentes, amante de las mujeres y cantor de las tabernas.

La luna con gatillo 

Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.

El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.

El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.

Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.

Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.

Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.

¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?

He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.

El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.

Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!

Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.

Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.

No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio. 

Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.

Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.

Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.

No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!

No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.

Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.




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